Mi vieja amiga


Hoy ha vuelto a aparecer junto a mí, en el asiento trasero del coche de vuelta del hospital. Todo estaba a oscuras, con el único sonido de la lejana radio mal sintonizada y el de las ruedas sobre la carretera mojada. Posó su barbilla en mi hombro y empezó a susurrarme cosas al oído. Una vez más su seductora voz me dijo todo aquello que por las noches dicta mi conciencia y mis oídos no escuchan, todo aquello que creo firmemente e intento negarme de continuo. Que era inútil, que no valía nada, que era débil...
Unas lágrimas brotaron de mis ojos, pero me las enjuagué antes de que rodasen por mis mejillas. Cruzaron por mi mente mil maneras de odiarme aquella noche, las preciosas marcas que podrían decorar mi piel al día siguiente, la carne entre mis uñas... entonces recordé que este año me había prometido no volver a hacerme daño físico jamás (Pues sé que ese puedo evitarlo). Así que respiré hondo un par de veces.
Al ritmo de mis inhalaciones, Beretrice se volvía cada vez más pequeña y acabó hablando de forma casi estridente.
Al llegar me despedí de mi familia y subí a mi piso en el ascensor. En su espejo nos vi reflejadas, a mí y a ella, que se proyectaba también a través de mi cara.

Ahora, en forma de negra polilla, vuela al rededor de mi cabeza. Suelta ideas al viento que llegan a mis oídos, trato de ignorarla. Dudo seriamente si quiero quedarme a solas con ella, me da miedo, pero el cuerpo me pesa tanto que no me creo capaz de salir y hablar con otras personas.
Me quedan dos horas para decidirlo, pero hay algo que tengo claro: me va a acompañar allá donde vaya hoy.

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