Cuando todo estuvo oscuro y la respiración de la niña comenzó a ser pausada, me vi decidida a abrir poco a poco la ventana. Hasta entonces, había estado mirándola a través del cristal, empañándolo con el vaho de mi respiración. Más de una vez giró la cabeza hacia mí y se tapó con el edredón hasta la nariz, dejándome observar esos enormes y aterrados ojos negros incapaces de verme. Pero yo seguí allí, acechante, con la vista puesta en ella y esos sedosos cabellos rubios que, sobre la almohada, parecían doradas serpientes de Medusa. Introduje primero una mano y mis largos y finos dedos se cerraron sobre el marco de la ventana, fui entrando entonces lenta y silenciosamente. Como la exhalación de una piedra Un violín sin cuerdas Como el grito de un mimo Al comienzo, temiendo ser descubierta, me deslicé bajo su cama. Ella se removía inquieta. Me conocía, sentía mi presencia, pero a la par, inconscientemente, sabía que mis asiduas visitas eran una realidad inevitable. * Cariño, ...