Ciegan los focos al ilusionista, los tambores han dejado de tronar, la función va a comenzar. Luces surgen de sus manos y se pierden entre las butacas: la carpa arde en llamas. Corren los espíritus de luz saltando y gritando cantan nanas que trasportan a recuerdos. El público, con los ojos cestelleantes, se hunde en sus memorias y en la pista se ven a ellos mismos jugando en su infancia. Si los observases más tarde los verías aún allí sentados con sus manos cerrándose en el vacío frente a ellos, tratando de acariciar aquella bella mujer que se desvanece entre sus dedos. El ilusionismo se rompe entonces entre tormentas de sonidos, de imágenes, los recuerdos se mezclan, pasado y presente colapsan y el pánico inunda la pista. Ahora los espíritus de luz corriendo y gritando roban las palomitas y las piruletas a los niños, y ellos lloran, lloran muy alto. El ilusionista pierde la concentración, no es capaz de contro...
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Las llamas que salían de su boca quemaban poco al poco el tiempo. Hundieron sus manos en sus rojas cabelleras, y se hundieron la una en la otra. Se perdieron entre fuego y lodo, e hicieron malabarismos en los confines de los colchones que anidan las camas, que recordaban fríos inviernos. Pero esa noche ardieron. La luz de la lumbre se veía a lo lejos, y la gente huía despavorida. El bochorno del ardor llegó hasta el mismísimo infierno y se acercaban los diablos a ver el gozo, el fulgor y del calor ellos mismos ardían. Se llenó la tierra de fuego, las rocas se incineraban. Los gemidos eran el crepitar de aquella pira.