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Mostrando entradas de octubre, 2015
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Ciegan los focos al ilusionista, los tambores han dejado de tronar, la función va a comenzar. Luces surgen de sus manos y se pierden entre las butacas: la carpa arde en llamas. Corren los espíritus de luz saltando y gritando cantan nanas que trasportan a recuerdos. El público, con los ojos cestelleantes, se hunde en sus memorias y en la pista se ven a ellos mismos jugando en su infancia. Si los observases más tarde los verías aún allí sentados con sus manos cerrándose en el vacío frente a ellos, tratando de acariciar aquella bella mujer que se desvanece entre sus dedos. El ilusionismo se rompe entonces entre tormentas de sonidos, de imágenes, los recuerdos se mezclan, pasado y presente colapsan y el pánico inunda la pista. Ahora los espíritus de luz corriendo y gritando roban las palomitas y las piruletas a los niños, y ellos lloran, lloran muy alto. El ilusionista pierde la concentración,  no es capaz de contro...
Las llamas que salían de su boca quemaban poco al poco el tiempo. Hundieron sus manos en sus rojas cabelleras, y se hundieron la una en la otra. Se perdieron entre fuego y lodo,  e hicieron malabarismos en los confines de los colchones que anidan las camas,  que recordaban fríos inviernos. Pero esa noche ardieron. La luz de la lumbre se veía a lo lejos, y la gente huía despavorida. El bochorno del ardor llegó hasta el mismísimo infierno y se acercaban los diablos a ver el gozo, el fulgor y del calor ellos mismos ardían. Se llenó la tierra de fuego, las rocas se incineraban. Los gemidos eran el crepitar de aquella pira.
Llegó un día soleado, serían las tres y noventa y siete de la tarde en punto.