Ciegan los focos al ilusionista,
los tambores han dejado de tronar,
la función va a comenzar.

Luces surgen de sus manos
y se pierden entre las butacas:
la carpa arde en llamas.

Corren los espíritus de luz
saltando y gritando
cantan nanas que trasportan a recuerdos.

El público, con los ojos cestelleantes, se hunde en sus memorias
y en la pista se ven a ellos mismos
jugando en su infancia.

Si los observases más tarde los verías aún allí sentados
con sus manos cerrándose en el vacío frente a ellos,
tratando de acariciar aquella bella mujer que se desvanece entre sus dedos.

El ilusionismo se rompe entonces
entre tormentas de sonidos, de imágenes,
los recuerdos se mezclan, pasado y presente colapsan
y el pánico inunda la pista.

Ahora los espíritus de luz
corriendo y gritando roban las palomitas
y las piruletas a los niños,
y ellos lloran, lloran muy alto.

El ilusionista pierde la concentración, 
no es capaz de controlar las imágenes y
los espejismos estallan en cientos de ascuas.

Todo se desvanece, de forma caprichosa, 
primero la reluciente arena se deshace y, bajo ella. 
aparece la mugrienta tierra de un descampado.

Luego, la carpa se reduce a cenizas que caen sobre el público,
que se evapora en etéreas nubes de humo negro.

Los focos se atenúan hasta convertirse en el pobre resplandor de la luna.

Todo ha desaparecido, y el ilusionista, cansado, recoge su sombrero del suelo, 
se rasca la barbilla en un gesto de disgusto. 
Ya volverá mañana.
Volverá crear el circo.
Un circo donde sólo actúa él.





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