Las llamas que salían de su boca quemaban poco al poco el tiempo.
Hundieron sus manos en sus rojas cabelleras, y se hundieron la una en la otra.
Se perdieron entre fuego y lodo, 
e hicieron malabarismos en los confines de los colchones que anidan las camas,
 que recordaban fríos inviernos.
Pero esa noche ardieron.
La luz de la lumbre se veía a lo lejos, y la gente huía despavorida.
El bochorno del ardor llegó hasta el mismísimo infierno
y se acercaban los diablos a ver el gozo, el fulgor
y del calor ellos mismos ardían.
Se llenó la tierra de fuego, las rocas se incineraban.
Los gemidos eran el crepitar de aquella pira.

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