Grises las aceras, grises las personas y grises las vidas de esta gris ciudad. Paseas por las calles teñidas en sepia y las luces de las farolas anuncian la llegada de otra noche más. Otra noche de lejana música que debemos bailar, sin que ni su melodía ni sus letras lleguen a nosotros jamás. Bajas las cuestas, y tu cabeza explora otras dimensiones, mientras tus pies se embarcan en una sucesión de pasos hacia quién sabe qué lugar. Se ha sumado tu ausencia a la leve presencia de alcohol, así que ya puedes ir olvidándote de enfrascarte en cualquier conversación racional. Quizás no es el mejor lugar en el que estar. Ya en el calor del bar, música y voces se entremezclan; todo se tiñe de colores, de sombras moviéndose al compás y dejas que el ritmo te lleve de un lado a otro, olvidando por un momento las grises aceras, las grises personas... y tu gris vida en esta gris ciudad.
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