Nació, con casi total seguridad, una tardenoche de dosmildiecisiete: era algo que alguien hacía mal. Pero su gestación no fue corta, ciertamente, hace falta saber callar para alimentar a la bestia de las palabras, si las dices (las correctas) ella no crece -o hubiese crecido- y nunca habría llegado a ver la luz. Pero, PERO, la bestia creció y fue alumbrada entre sollozos, sangre y lágrimas y se alimentó de las otras bestias que ya poblaban la tierra. Así, de vez en cuando, y cada vez con más fuerza, aparecía en nuestras vidas, y comía más palabras calladas y más palabras mal dichas. Al poco tiempo se comenzó a sustentar también de gestos de desprecio, no desaprovechaba oportunidad para aparecer y susurrar en nuestros oídos lo que el otro había hecho mal, lo que nos había hecho sufrir, lo que sentía o dejaba de sentir, lo que me pedía, lo que no me pedía o lo que quería o no quería hacer. Para cada uno se disfrazó de una manera, la riña adapta sus vestiduras a los hábitos de cada...