La riña infinita



Nació, con casi total seguridad, una tardenoche de dosmildiecisiete: era algo que alguien hacía mal. Pero su gestación no fue corta, ciertamente, hace falta saber callar para alimentar a la bestia de las palabras, si las dices (las correctas) ella no crece -o hubiese crecido- y nunca habría llegado a ver la luz. Pero, PERO, la bestia creció y fue alumbrada entre sollozos, sangre y lágrimas y se alimentó de las otras bestias que ya poblaban la tierra. Así, de vez en cuando, y cada vez con más fuerza, aparecía en nuestras vidas, y comía más palabras calladas y más palabras mal dichas. Al poco tiempo se comenzó a sustentar también de gestos de desprecio, no desaprovechaba oportunidad para aparecer y susurrar en nuestros oídos lo que el otro había hecho mal, lo que nos había hecho sufrir, lo que sentía o dejaba de sentir, lo que me pedía, lo que no me pedía o lo que quería o no quería hacer.

Para cada uno se disfrazó de una manera, la riña adapta sus vestiduras a los hábitos de cada cual, aprovechándose de nuestros más ocultos temores y defectos y exponiéndolos de terribles maneras.  Poco a poco dejó poco lugar a las buenas palabras: cuando la Riña Infinita aparece, eclipsa esa parte de nuestra razón. No había un trato afable, todo se fundamentó en el rencor. Dejó de haber lugar para la ternura y la comprensión.

La riña aprende rápido, y deja de llevar pañales y cagarse encima -ahora se caga sobre nosotros- y erramos al pensar que su crecimiento se asemejará a la trayectoria de una vida humana. Ahora, en su máximo esplendor, no es cuando comenzará a decaer y a tener achaques, no dejará de hostigarnos: la riña es una estrella. Brillante, enorme, cálida y cómoda (pues es lo único que conocemos). Cuando una estrella ha vivido lo suficiente, comienza a alimentarse de sí misma y se expande, volviéndose enorme y roja, quemando todo a su alrededor.
Y hoy la riña eterna ha estallado
Por eso estamos aquí

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