Estoy de pie, con los ojos cegados por una especie de cinta sedosa que he ido tejiendo con mis creencias, pensamientos, y mentiras propias entorno a mi cara. Noto tu aliento a mi lado, como un indicador de que sigues ahí. Y dejo que ese leve calor tome el sentido de mi cuerpo y mis actos. Pero al tiempo dejo de sentirlo, de sentirte. Tengo frío. Un afilado cuchillo está en mi nuca, noto el acero sobre la piel, cómo va ascendiendo lentamente por mi cabello hasta el nudo de la cinta, contándola poco a poco. Y con ella, yo también me rompo, y paso de ser algo bello a un harapo que va cayendo, ondeando, hasta el charco de fango en el que me hundo poco a poco. Con lágrimas en la cara miro donde creía poder encontrarte. Pero te has ido. Y de repente me doy cuenta de que estoy sola. Completamente sola. Y de que siempre lo he estado. Que no hay nada que me ate a alguien excepto el pasado. Y que el pasado es olvido.
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Mostrando entradas de enero, 2014
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Un día me desperté y no estabas. Al principio pensé que sería una extraña fase vital, como otras cuantas en las que me había visto involucrada. Pero pasaron los minutos: desayunando, leía el periódico y te sentía aún más lejos. Horas, días, semanas, años... Primero creí poder encontrarte en los lugares en los que los demás lo hacían: en mis amigos, mi familia, mi trabajo... mi pareja... pero no estabas. El aire, la música, algún deporte, proyectos, metas... pero no estabas. Te busqué ya en cosas menos comunes: en el atronador ruido del bullicio de una ciudad en hora punta, en el más absoluto silencio del corazón de un bosque, en el sonido del mar; en la oscuridad y la luz de una vela, del sol... pero no estabas. Tras cada puerta, bajo cada piedra, al final de cada escalera, al doblar cualquier esquina, esperaba encontrarte... Fui al psicólogo y no sirvió de nada. Pasé una semana en mi cama, durmiendo, descansando de mi propia vida, y no...
Mi gamusino
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Me miró con esos penetrantes ojos purpúreos, ladeando ligeramente la cabeza, esperando una respuesta a una pregunta no formulada. Agitó casi imperceptiblemente las plumas de sus alas, aunque sin conseguir paliar del todo el nerviosismo que le invadía y abrió ligeramente su hocico dejando entrever unos afilados colmillos de marfil . Todo estaba en silencio exceptuando los latidos de nuestros corazones, que se escuchaban como una percusión mitigada por el esternón, la carne y las costillas. No debía decir nada pero a la par quería decirlo todo. El aceite del candil que nos iluminaba comenzaba a consumirse, y las sombras de nuestros cuerpos se retorcían proyectadas en las paredes, agonizantes. - ¿ No lo sabe, verdad? Las palabras salieron de mi garganta con una voz rota, como partidas por el hacha que era mi razón. Mi cerebro amenazaba con expandirse tanto que haría estallar mi cabeza. Notaba cómo presionaba mi cráneo desde dentro. El pitido de mis oídos eclipsó...
La ausencia, el roce, las ascuas...
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Vivo tumbado en el centro oscuro de un reloj sin engranajes, son ruedas lisas y cordones de púrpura líquida plata, quizá por la luz, quizá porque con los ojos cerrados o en la oscuridad los colores son ninguno y todos a elegir, son los que dices:-Esto es verde...ea.-y te tienes que hacer caso, ¿a quién si no?. Vivo con la certeza de no saber nada en concreto, y vivo me encuentro con que una ágil manecilla me roza el tobillo y caigo hasta la pared blanca del tiempo. Se rompe. Me hiere. Me resulta grato. Amo este dolor, me he magullado con los cristales como metralla infinita. Soy un erizo de púas blancas, opacas, saltan, me miran desde un suelo negro, indistinguible de las paredes, si es que las hay, no saber si existen paredes hace la oscura estancia infinita. ¿Qué pretenden? ¿Pueden mirarme siquiera? No poseen ojos, de ningún tipo que yo conozca. Se alejan un metro, brincando como conejos desmembrados. Comienzan a romperse al caer con el último salto. ...