Estoy de pie, con los ojos cegados por una especie de cinta sedosa que he ido tejiendo con mis creencias, pensamientos, y mentiras propias entorno a mi cara.
Noto tu aliento a mi lado, como un indicador de que sigues ahí. Y dejo que ese leve calor tome el sentido de mi cuerpo y mis actos.


Pero al tiempo dejo de sentirlo, de sentirte. Tengo frío.
Un afilado cuchillo está en mi nuca, noto el acero sobre la piel, cómo va ascendiendo lentamente por mi cabello hasta el nudo de la cinta, contándola poco a poco. Y con ella, yo también me rompo, y paso de ser algo bello a un harapo que va cayendo, ondeando, hasta el charco de fango en el que me hundo poco a poco.
Con lágrimas en la cara miro donde creía poder encontrarte. Pero te has ido.
Y de repente me doy cuenta de que estoy sola. Completamente sola. Y de que siempre lo he estado.
Que no hay nada que me ate a alguien excepto el pasado.
Y que el pasado es olvido.

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