Vómitos
11/12/2017
Ella vive en un cuento de hadas en un lugar difícil de
imaginar.
A veces se siente tan pequeña que sus pulmones no le caben
en el pecho y se ahoga. Pero este a veces presente será pasado.
Escuchará Wolf Alice y el Kanka, se teñirá el pelo de mil
colores. Porque hay espacio para el miedo, pero un espacio mucho más pequeño.
Porque se había comido el sitio de muchas cosas que en algún momento fueron
importantes. Ella está hasta el coño de que cada fallo suponga una derrota.
Ella no es una mierda
Ella sirve para algo, habrá que descubrirlo, porque nadie
está vacío
Me siento muy Hannah, lo que vivo es siempre el centro de lo
que escribo, y siempre es simplista, falto de vocabulario. Pero yo no sabría
narrar experiencias tan emocionantes o comprometidas. Me falta cara en la
vida, pero la voy a afrontar y la voy a conseguir.
Te vi nacer
Manchabas de tinta negra todo a tu alrededor
Creí que mis murallas podrían frenar tus pasos, pero
escurridiza te adentraste en mi ser
Oh Beretrice
Esquiva polilla negra que me atormenta
Lo que podía haber sido una corta visita se cronificó
Y seguimos arrastrando el reloj
Yo en cárcel de cristal sepultada por la arena
Me siento tan estúpida pidiendo que recojan mis pedazos
Martillazos que he dado contra mí tratando de librarme de tu
presencia
10/05/2018
El paisaje corría veloz ante sus ojos, dejándola atrás.
Amplias llanuras doradas por el sol se tostaban bajo la luz. A los pocos
metros, surgía una línea como hecha con un cuchillo desde la que comenzaban
esplendorosos y verdes campos de trigo, alimentados por el regadío. Echaba de
menos los girasoles que se veían más entrado el verano y que volteaban sus
caras al calor. A lo lejos, montañas con
árboles dispersos, en una lucha individual por agua y recursos. Pensó en todas
esas hectáreas que no llegaría a pisar jamás, todos aquellos pueblos o pequeñas
casitas que aparecían y desaparecían de su vista a un ritmo vertiginoso y cuyos
habitantes no vería nunca, ni escucharía sus voces; cuyas calles no recorrería,
ni olería sus piedras cuando están calientes y empieza a llover. La angustia le
invadió momentáneamente, como todas aquellas veces que se podía a pensar sobre
la enormidad. Decidió entonces cerrar los ojos y apoyarse contra el cristal.
Sentía en la cabeza la vibración y escuchaba el traqueteo del tren al pasar
sobre las vías, como una especie de nana metálica, “lo que los padres robots
cantan a sus hijos robots” se dijo a sí misma, y sonrió un poco. Notaba el
calor en la cara y, desde el interior, veía sus párpados naranjas con pequeños
destellos blancos. Respiró varias veces de forma profunda y consiguió calmar
sus nervios un poco. Ese instante era, seguramente, lo más cerca de la
definición de “situación en la que me sentiría feliz” que había estado
últimamente, pero a pesar de ser consciente de ello, de la belleza que veía en
el momento, no consiguió sentir nada. Se removió un poco en su asiento, aún con
los ojos cerrados, y el señor de su lado carraspeó, molesto.
Se irguió en un segundo y le miró directamente a la cara,
tratando de salir de su estado de somnolencia: “¿Sucede algo?”, le preguntó de
manera algo hostil, parpadeando varias veces para volver a adaptarse a la luz
que había en el interior del vagón. “No, no” dijo rápidamente el señor, girando
la cabeza y mirando hacia el frente
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