Las locas aventuras de la Reina Diana
… el comienzo de un nuevo cuento
Como un día cualquiera,
la reina Diana salió de su castillo para dar una vuelta por el bosque que
delimitaba sus tierras. Había cogido aquella extraña costumbre desde lo que
entonces llamaba "La Gran Catástrofe". Empezó con una desgracia y no
había parado, desde el momento en el que echó al déspota del rey y decidió que
en su reino reinaría ella sola.
Toda persona que antaño
habitaba el castillo había marchado; se negaban a estar a las órdenes de una
mujer. A raíz de aquello el lugar había empezado a caerse a cachos, por
ejemplo, desde que las fontaneras reales habían partido casi había que ir en
balsa de habitación a habitación. Diana estaba un poco cansada de aquella
situación, pero aguanta el chaparrón (literalmente) como buenamente podía.
En fin, retomemos la historia donde la habíamos dejado...
En fin, retomemos la historia donde la habíamos dejado...
Diana estaba dando una vuelta por el bosque, disfrutando de aquellos árboles que, a pesar de resultar descuidados (adiós a los jardineros reales, recordemos) estaban empezando a florecer de nuevo, poco a poco.
De repente algo le llamó la atención entre unos arbustos y, curiosa, se acercó a mirar. Resultó ser el culo más blanco que había visto nunca.
- ¡¡¡Pero tía no mires, que estoy meando!!!!
Una persona de poco más de metro cincuenta se apresuró a esconderse entre las hojas y salió a los pocos segundos con las medias a medio subir.
- ¿Estás borracha? - le preguntó Diana, observando con recelo sus pelos de loca y sus uñas mal pintadas.
- Sólo un poco - respondió la extraña, recolocándose entre la melena rizada una pequeña tiara que obviamente era de bisutería barata.
La pequeña ¿Princesa? resultó llamarse Irati, y en ese momento se dirigía a una reunión de un grupo llamado "Reinas en lucha", del que Diana había oído hablar.
Esta reunión resultó de ser un encuentro de mujeres "cualquiera": todas ellas habitaban aquel reino en decadencia, pero ninguna más tenía ningún título nobiliario. Cada una era, como quien dice, de su padre y de su madre, pero todas tenían a su cargo algo a lo que poder llamar "su reino": si no era una familia era un negocio o el mundo de cada una (qué duro era gestionar todo aquello). A pesar de ello le sorprendió todo lo que se apoyaban unas a otras y en nada comenzó a sentirse como en casa.
Cuando salieron de la reunión Diana se sentía un poco más en paz consigo misma.
Allí, además de con Irati también hizo migas con una joven bruja llamada Mónica, sus poderes con las pociones y la adivinación habían llegado a los oídos de Diana hacía tiempo, y aquella misma noche quedaron para tomar pócimas y comer ramen (por algún extraño giro de la historia).
Poco a poco su relación con Irati (que resultó ser una princesa fugitiva) y Mónica (que era una de las personas más mágicas que había conocido) fue estrechándose y junto a ellas aprendió varias lecciones. La primera fue ver la belleza donde antes todo era desastre, como en los árboles florecidos que crecían altos hasta allí donde se perdía la vista hacia el cielo. Después, a encontrar las habitaciones ahora vacías de su castillo como espacios en los que ella misma podía generar nuevas cosas, y la última y más importante: que en compañía y amistad todo es mucho mejor.
Reírse de las desgracias propias y ajenas se convirtió en una actividad recurrente entre las tres, porque todo con humor se vive mucho mejor, y para su trigésimo tercer cumpleaños, Diana hizo una cena a la que les invitó.
Para esa cena ellas le escribieron un cuento súper estúpido
Pero así eran ellas
Estúpidas y unas enamoradas de su nueva amiga
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado y comieron
Esta ha sido la primera entrega de "Las Locas Aventuras de la Reina Diana", pero no te pierdas:
- Los trovadores Moriarty
- El príncipe con entradas fantasma
- La pócima mortal del hidalgo
Comentarios
Publicar un comentario