26/Julio/2012

La fecha es la de la última edición que aparecía en las "propiedades" del documento de texto donde encontré este relato. Diré que yo tenía  exactamente 15 años, 8 meses, y 14 días cuando lo escribí, aunque no creo que sea justificación alguna para las faltas de redacción porque seguramente en una comparación calidad/edad saldría ganando por mucho respecto a la actualidad.
Simplemente no quería que este texto acabase en el disco duro de un viejo portátil en algún vertedero cuando mi ordenador muera definitivamente, así que quiero subirlo a la "nube" para conservarlo un tiempo más. Irati del futuro, enjoy it.


Hijos, en esta velada tan interesante no puede faltar una historia como las que antaño os contaba, cuando aún mis piernas podían soportar vuestro peso y, sobre mi regazo, me pedíais que os relatara mi vida cuando tenía vuestra edad. Ahora con dieciocho y veintiún años podréis escuchar la una historia de amor que os voy a contar. Debo matizar que no se trata de la historia con vuestra madre, aunque esta ha sido la más bella de mi vida, la conocéis a la perfección. Y tampoco es una historia de amor convencional, ni tampoco puedo aseguraros que se trate de mi historia de amor, aunque el hallazgo del relato se debe a un enamoramiento mío. Sin más dilación, creo que comenzaré a contárosla, ya que con esas caras de aburridos no parecéis tener un gran interés, aunque os aseguro que a lo largo de su transcurso tendrá al menos un poco más de interés para unos jóvenes para vosotros.
Tenía yo unos diecinueve años, y era una de las típicas fiestas que se organizaban en nuestro pueblo; al lado de la plaza suelen ponerse los puestos ambulantes que venden comida y diversas cosas a todo aquel que lo desee. Ese solsticio de verano, había venido un carromato que yo nunca había visto a lo largo de mis años asistiendo a los bailes nocturnos, allí donde había una fiesta, iba yo. De joven tenía un sexto sentido para percibir donde podría haber algo interesante o en qué lugar pasármelo bien. Eché una ojeada a los puestos, y mi mirada se detuvo en uno en concreto, vendía golosinas en la esquina en la que las luces de la fiesta, colgadas de las casas que rodeaban la plaza en forma de tela de araña, no llegaban a alumbrar. Pero aun siendo así, la chica que vendía aquellos caramelos de colores vistosos no me pasó desapercibida; debía de tener mi edad pero, a pesar de eso, llevaba ella sola el puesto, y no parecía que tuviese problemas puesto que tenía dos preciosos caballos grises, Miré a su alrededor buscando a una madre, un padre o un hermano que estuviese cuidado de la muchacha, pero sólo encontré a un par de clientes del pueblo, y un renacuajo merodeando para ver si podía hacerse con alguna de esas apetitosas golosinas sin pagar un duro. La chica no tenía nada especial a simple vista; era morena, alta, no especialmente guapa ni especialmente bien dotada. Pero sus ojos, de un marrón más bien típico, eran fríos, y cuando nuestras miradas se cruzaron, no pude sentir más que frío en mi interior, como un muro inquebrantable se alzaba entre esa chica y yo, me pareció indestructible, incapaz de sentir nada ante los ojos de los demás, me vi obligado a apartar la mirada, incapaz de sostenérsela. Este hecho debería haberme convencido de alejarme de ella como hubiese hecho cualquier chico sensato de mi edad, pero ya sabéis que vuestro padre no fue sensato hasta años después de los hechos relatados, cuando decidí asentar cabeza. Me alejé de la zona iluminada y me situé frente a su puesto. Le sonreí a la muchacha y ella me devolvió una sonrisa tan opaca como su mirada.
- ¿Qué quieres? - su voz era suave, pero sin ningún ápice de dulzura o sentimiento. Tardé unos segundos en darme cuenta que se refería a las golosinas, con una estúpida sonrisa congelada en los labios. Me imagino a mí mismo allí plantado sin saber qué decir y no me enorgullezco precisamente. Debí de resultar cómico como mínimo, pero aunque toda mujer se hubiese reído de la situación ella impasiblemente no dejó entrever ni un esbozo de risa.
- No quería ninguna chuchería cuando me acerqué aquí, en realidad lo que quería era preguntarte de donde eras.
- Creo, de todas formas, que sí quieres una chuchería, aunque aún no lo sabes. Coge una de las de la esquina, las rojas con forma de corazón. Considérala un regalo por la molestia de acercarte.
Cogí la golosina y, dando las gracias, la guardé en el bolsillo para comerla un poco más tarde. Mi hermano me llamó desde la fiesta para que acudiera rápidamente, por lo que llegué a comprender entre los gritos del gentío mi padre no debía de estar de muy buen humor, y además había habido un problema con las gallinas. Me disponía a irme cuando me di la vuelta un segundo y le dirigí las últimas palabras.
- No me has respondido a mi pregunta.
- Vengo desde el Valle del Sur, donde me espera mi familia, este pequeño puesto es la única fuente de ingresos que tenemos.
La gente de la fiesta ya se había interpuesto entre yo y aquella extraña muchacha, que no había dejado entrever ningún tipo de emoción durante toda la conversación, y mi hermano ya me arrastraba tras de sí hacia la granja.
No fue hasta la mañana siguiente cuando recordé lo sucedido, al encontrarme en mi pantalón la golosina con forma de corazón.
Tras esto, volví a la plaza, donde los vendedores ambulantes estaban preparándose para marcharse tras una semana de fiestas; pero su esquina estaba vacía. Ella ya se había ido.
Decidí comentar los curiosos acontecimientos a vuestro tío.
Después de una dura jornada de trabajo, nos sentamos los dos en la mesa de la cocina de vuestra abuela. Antes, había un tabique que la separaba del comedor y todos comíamos allí mientras que el otro albergaba la habitación de las mujeres de la casa, mis hermanas. Vuestro tío se acomodó, como siempre hacía; colocó los pies sobre la mesa, a pesar de que nuestros padres nunca le dejaban. Ellos estaban en un viaje a la ciudad, ahora no recuerdo el motivo, pero sí que tardaron varias semanas en venir y que cuando lo hicieron fue con un precioso pastor alemán como regalo para todos. Vuestro abuelo nunca tuvo un gran aprecio a los perros con el pretexto de que eran difíciles de cuidar y nunca hacían lo que uno les pedía, pero se enamoró al instante de aquel cachorro. Miré a mi hermano con expectación, casi esperando que preguntase algo acerca de la gominola que yo acababa de depositar sobre la mesa, pero él, con un cigarrillo en la boca, perecía más entretenido buscando parecidos a personas en las manchas de los azulejos de la pared. Todavía a día de hoy sigue haciendo ese absurdo juego, y debo admitir que en algunas ocasiones llegó a descubrir entre la roña alguna cara de algún presidente.
- Ayer conocí a una chica. - No se me ocurrió una forma más rápida de captar la atención de mi hermano, pero para mi frustración, si le interesó aquella noticia, no lo demostró- Era una de las que vendían en la plaza anoche.
- Pues a buena moza has elegido, hermano, todos han marchado esta misma mañana. Solo te queda la esperanza de volver a verla el año que viene, aunque no muchos suelen repetir por estas fiestas, son muy fatigosas y la gente del pueblo tampoco compra mucho. Aunque siempre te queda la esperanza de saber dónde vive.
- Sé de dónde proviene.
- No es algo que me interese en absoluto, pero creo que me lo dirás de todas formas, así que dime, ¿de dónde es? -  sonreía pícaramente.
- Del Valle del Sur.
Mi hermano dejó entonces de observar los azulejos, bajó los pies de la mesa y se apoyó en ella acercándose más a mí, sus ojos demostraban asombro y vio que el asunto empezaba a mostrar interés para él. Aunque no llegaba a entender el porqué de ese revuelo por el nombre de un lugar.
- ¿Del Valle del Sur?
- Creo que eso he dicho sí, no es una muchacha muy guapa pero no lo sé... tiene algo.
- Más bien qué no tiene, hermano.
- Creo que no te entiendo...
- ¿Nunca has oído hablar del Valle del Sur?
- Bueno, no sé mucho sobre él: está al otro lado de las montañas, alejado del mar; en invierno, cuando nieva, el único camino por el que se puede llegar al pueblo se hiela y queda inaccesible. Pero yo no pensaba acercarme allí en invierno.
- No, definitivamente veo que no sabes nada.
- ¿Acerca de qué debería saber algo? - mi curiosidad empezaba a tornarse en frustración por no saber de lo que hablaba mi hermano. Me sentía estúpido.
- Mira hermano, voy a contarte una historia, espero resumírtela algo, lo único que te pido es que no me interrumpas, porque sabes que es algo que me molesta, y creo inútil discutir tras un día tan ajetreado como ha sido este, ¿me lo prometes?
- Te lo prometo.
- Pues bien, había una vez...
- ¿Piensas contármelo todo como un cuento?, porque yo te estoy contando algo real.
- Como vuelvas a interrumpirme saldré al granero y vendré con la primera estaca que encuentre tirada en el suelo y...
- Vale, vale, continua, no volveré a abrir la boca.
- Bien. Lo que voy a contarte ahora es una leyenda que, a mi parecer, todo el mundo conocía; pero ahora he encontrado la excepción que confirma la regla, y espero que no sea demasiado tarde y que no te hayas enamorado de esa joven que el otro día vino al solsticio. Algunos dicen que poco tiene de cierta, pero la mayoría puede confirmar que, aunque no fuese así como exactamente transcurrieron los hechos, el final es inevitablemente cierto, y da igual cómo se llegara hasta él.
Se trata de una historia de amor, pero esta no termina bien como las historias que algún día contaremos a nuestros hijos antes de que se acuesten, y en las que todos acaban felices. Hace poco más de doscientos años, en un pequeño valle la gente salía a la calle a disfrutar de la recién llegada primavera. Las nieves de invierno habían tirado árboles en el camino de acceso al valle y seguían incomunicados hasta que los leñadores los apartasen, pero todos estaban contentos por la retirada de una horrible temporada de hielo y tormenta. A pesar de estar felices, no lo estaban tanto como un muchacho del Valle del Sur. Llevaba un año entero enamorado de una joven guapa y divertida, hija del herrero del valle. Ese mismo día, al comienzo de la primavera, por fin ella había accedido a casarse con él. Se llamaba Kia y era un joven moreno, muy alto y educado; nunca salía de casa sin una gorra de color verse oscuro, que su madre le había dado diciendo que era de su padre, fallecido en la guerra. Todo el mundo miraba extraño a Kia porque, a pesar de comer como un auténtico jabato y gozar de buena salud, estaba extremadamente delgado. No obstante, había conseguido lo que quería, y se dirigía apresuradamente a la casa del herrero para confirmar el matrimonio con su hija, aunque él ya le hubiese dado el visto bueno puesto que Kia procedía de una buena familia. Lamentablemente, su futuro suegro no se encontraba en la casa, dado que estaba en el camino, afilando y preparando las herramientas para que los leñadores pudiesen cortar bien los árboles para retirarlos. Kia decidió entonces sentarse en la puerta a esperar a su regreso, cuando escuchó unos extraños ruidos provenientes del granero al lado de la casa. Intentó ignorarlos, pero tras unos minutos le fue imposible y se decidió a asomarse para ver qué sucedía. No se arrepintió más de nada a lo largo de su vida. Al principio sólo vio un vestido, era azul. Pero al fijarse más atentamente se dio cuenta de que no era nada más ni nada menos que la hija del herrero, y no estaba sola. Se encontraba con otro muchacho de la aldea, de una familia mucho más pobre que la de Kia, panaderos de oficio. Decidió marcharse apresuradamente de allí, sin que los dos amantes lo descubrieran. Esto marcó un antes y un después en la vida de Kia. Nadie más lo volvió a ver nunca jamás. Bueno, teóricamente no, puesto que nunca se pudo demostrar que fuese Kia.
- ¿Que quién fuese Kia?
- El Ladrón de corazones. Después de aquella noche, como ya te he dicho, nadie volvió a saber de él; pero extraños sucesos comenzaron a acontecer en el Valle del Sur. La primera afectada fue la hija del herrero. Habían transcurrido diez años tras la desaparición de Kia; ella se había casado con su amante, hombre al que siempre había amado y con el que mantenía una estrecha relación desde que los dos eran niños. Un día de invierno llegó a casa presa del pánico, con la cara desencajada jurando haber visto un fantasma; su madre la tranquilizó y le hizo una sopa caliente para que volviera a entrar en calor. La muchacha contaba haberse encontrado con su antiguo prometido, pero que para él no habían pasado los años, se había topado con él al anochecer; sorprendida, le había preguntado qué quería y él le había respondido que su corazón; tras esto, había alargado la mano hacia su pecho y, sin tan siquiera rozárselo, se lo había robado. Cuando el panadero llegó a casa y escuchó la historia de su esposa no dio crédito a lo que oía y le dijo que era imposible, según sus conocimientos, que una persona sobreviviese sin corazón. Entonces ella cogió una de sus manos, la posó sobre la parte izquierda de su pecho y dejó que él, asombrado, no sintiese ni un solo latido, porque no había nada en su interior que pudiese latir. La siguiente noche fue desesperanzadora para ambos, porque tras haber estado juntos tantos años, ella había perdido la capacidad de amar. Lo peor de esta historia es que Kia, fantasma aún dolido porque el único corazón que deseaba no le había pertenecido, siguió robándoselo a las jóvenes muchachas de la aldea, hasta que ellas empezaron, temiendo perderlo, a guardar sus corazones en sus casas.
- ¿Qué quieres decirme con eso?
- Espera, zopenco, ¿no ves que no he terminado? Después de que todas las muchachas del pueblo guardasen a buen recaudo sus corazones, el Ladrón no tuvo ya nada que robar, y desapareció para siempre. Pero en el Valle del Sur todavía temen que vuelva, por lo que las jóvenes siguen protegiendo sus corazones y, cuando se casan, lo regalan a su prometido. pero no te engañes, porque, aunque tú tuvieses uno de esos corazones, estaría encerrado en una caja, y no en el pecho de tu amada. Esas mujeres no pueden amar, hermano, no sienten, y nunca lo harán - Dio la última calada a su cigarrillo y lo tiró por la ventana; la pequeña cocina se había llenado de humo y mis ojos lagrimaban un poco, pero eso ya no me importaba lo más absoluto, comparado con la historia que acababa de relatarme mi hermano, era igual si me estaban acuchillando en ese mismísimo momento, porque no iba a dar cuenta de ello- Por eso no debes enamorarte de esa muchacha, porque nunca te pertenecerá ni a ti ni a nadie, y si en algún momento opta por recuperar su corazón, el Ladrón se lo robará.
Los dos nos sumimos en un pesado silencio, yo estaba asombrado y enmudecido.
- Y ahora, vamos a dormir algo, estoy cansado, mañana será otro día. - Mi hermano se levantó y me dio una colleja como de costumbre; encendiéndose otro cigarrillo se dirigió a su habitación, no sin antes repetir con voz cansada- Mañana será otro día...

No volví a hablar con vuestro tío de la muchacha que conocí en el solsticio de verano, ni le ha vuelto a ver en mi vida. Pero ella seguirá viajando vendiendo golosinas o tal vez allí, al otro lado de las montañas. Donde las mujeres no tienen corazón.


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