Cuando salió del trabajo se pasó por una librería en el
casco viejo. Estaba en una calle estrecha, pero aún no le había llegado la
sombra y el naranja del sol de la tarde inundaba su escaparate. Al entrar olía
a incienso y a libro viejo, aroma de transporte a dimensiones desconocidas.
Tras ojear y hojear unos cuantos, eligió dos pequeños libros de relatos y, al
ir a pagar, vio tras el mostrador una preciosa libreta encuadernada en cuero,
que compró sin dudarlo. Salió de aquel callejón libreta en mano, con los libros
ya en su mochila, y se dirigió hacia un pequeño parque al lado del río. En un
banco, al resguardo de un árbol, cruzó las piernas y sacó un bolígrafo de su
abrigo. Así, absorta en su escritura, lo que le rodeaba iba difuminándose poco
a poco, el calor del atardecer daba color a su fantasía. Se fue así el último
rayo de sol, la noche y los grillos le sorprendieron. Sólo entonces salió de su
ensueño y recogió la libreta para marcharse.
Su sombra crecía y disminuía bajo la intermitente luz de las
farolas. Así se fue alejando del parque, aún con la mente en otros universos,
volando con las estrellas que acompañaban a la luna.

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