Estos días en el hospital me están dejando más tiempo para disfrutar de la compañía de mi familia. Siempre que les veo siento mis emociones más a flor de piel. Frente a ellos estoy más expuesta, más débil, y me cuesta más mantenerme en pie.
Me sucede sobre todo con mi madre: ante ella me siento frágil, vulnerable; soy capaz de engañarle con mis palabras pero no de hacer que mis acciones bailen en torno a mi farsa. Si me quedo a solas con mi madre y me hace esa temida pregunta: "¿qué tal estás?"... No soy capaz de aguantar mis lágrimas. Y tras eso, por mucho que me esfuerce, no puedo admitir del todo lo mucho que me avergüenzo de ser yo misma.
Para el resto de mis parientes soy fuerte y extravertida, nunca dejo entrever mis debilidades. Soy animada y evito las confrontaciones, cada vez que algún tema se desvía y hago referencia a algún desajuste o debilidad mías mi hermana se niega a escucharme, no quiere ver la verdad.
Crecí entre personas fuertes, que con dedicación y sudor consiguen día a día superar los obstáculos que les pone la vida. Personas que han llegado donde están con motivación, apoyándose unas a otras, creyendo en que siempre se puede ser un poco mejor e intentando aprender, superándose a ellos mismos, ayudando a los demás... Personas que no conciben que, teniéndolo todo y con todas las puertas abiertas frente a ti, puede que no seas feliz.
Creen que soy fuerte, quizás también porque alimento esta mentira.
Durante estos días hay dos cosas que me han llevado al borde de las lágrimas: la primera, mi madre contando con sorpresa y tristeza que le parecía terrible que una persona dijese de sí misma que "se sentía una mierda". Menos mal que no puedes meterte en mi cabeza, ama. Que no puedes bucear entre mis pensamientos, porque te ahogarías de terror. La segunda fue hoy: mi tía bromeó conmigo algo sobre sacarme el carnet de conducir (que no conseguí tras dos intentos, sobre todo por la desrealización que me produce en situaciones estresantes esta especie de depresión crónica en la que estoy embarcada); yo entonces le dije que por favor no hiciese bromas porque ya me pesaba suficiente a mí ese tema, a lo que ella contestó "sí, se te nota que te pesa a ti eso mucho" con sorna. Lo que me jodío es que tenía razón: no se me nota. Igual que no se me nota nada de lo que me pesa el resto del tiempo. Mi imagen es impoluta, mi papel está claro y excelentemente ejecutado. Cómo entonces puedo atreverme a saltar desde esa especie de pedestal que se me ha constituido, esos cimientos que para los demás constituyen mi personalidad, al suelo, y decirles frente a frente que no me encuentro siquiera a esa altura si no mucho más abajo, donde ahogo mis gritos.

Comentarios
Publicar un comentario