* Untitled * I (proyecto de relato)

Contaba con haber hecho algo mínimamente productivo en aquel tiempo el el que, sentada sobre aquella confortable butaca marrón, esperaba a que le llamasen. Sin embargo la recepcionista, una mujer pelirroja con un voluminoso cardado y gafas de pasta amarillas, le había requisado el bolso junto con el libro que tenía para leer ( una antigua edición de "La Metamorfosis" que, aún siendo una obra corta, era incapaz de terminar). Cruzó las piernas y se sacudió extrañada un poco de polvo blanco de las medias; echó la vista arriba y vio cómo parte de la escayola del techo, lleno de humedades, se estaba cayendo justo sobre su cabeza.
Se aferró a los reposabrazos y se impulsó hacia arriba y hacia la derecha, dando pequeños saltitos junto con su asiento hasta apartarse del foco de los desprendimientos.
Miró la puerta del despacho, que seguía cerrada. A través del cristal translúcido se podía apreciar por momentos la sombra de un hombre, que, paseándose de un lado a otro de la habitación, hacía aspavientos sin parar. Sin embargo, no se escuchaba en la sala de espera más que el molesto y parpadeante sonidillo que emitía el fluorescente del techo que iluminaba a veces sí, a veces no.
Miró su muñeca desnuda, lo que le hizo recordar que también se habían apoderado de su reloj, y colocó su pelo azul detras de las orejas, agarrándose las manos tras ello y posándolas sobre una rodilla, cuyo pie movía ininterrumpidamente de manera nerviosa. Comenzaba a sentirse inquieta; los minutos pasaban y ella contaba los segundos mentalmente: uno, dos, tres... sesenta y cuarto, sesenta y cinco... ciento cuarenta y tres...
Dudó varias veces si volver a salir por la puerta que daba a la recepción, pero descartó la idea al instante, sacudiendo la cabeza. No, necesitaba el trabajo. El anuncio en el periódico era preciso: "Se necesita joven extraña para trabajo de las mismas características"
Después de haberlo leído, y consiguiendo disipar de su mente el shock que aquella singular propuesta de trabajo le produjo al principio, reflexionó acerca de sus requerimientos: ella era joven ( acababa de cumplir los veintiún años) y, si eso fuese poco, siempre le habían dicho que era una persona extraña en su clase, sobre todo aquel último año en el curso de informática y administración, en el que todos sus compañeros aspiraban a ser funcionarios con la única expectación de la hora del café y pasar el resto de sus días mortales sentados en aburridas sillas de oficina.
Vio como un pequeño ratón entraba por el resquicio de la puerta desde la secretaría y, alarmada, lo observó dando vueltas por la habitación como un loco. Subió los pies a la silla por mera precaución.
El roedor se paró un momento en el centro de la estancia y se irguió sobre sus patas traseras, olisqueando el aire, y después posó sus ojos rojos en ella. Le guiñó uno, y echó a correr rumbo a la dirección, colándose por la gatera ( gatera de cuya existencia ella no se había percatado hasta aquel instante). Por primera vez en aquel interminable transcurso de minutos pudo escuchar una voz proveniente del otro lado de la puerta:

- ¡Oh! Pero si estás aquí.- la voz del señor era infinitamente más aguda de lo que podría haber imaginado- y tú, ¿a qué estás esperando?.

La sombra del cristal estaba relativamente cerca a este, y la voz parecía dirigirse directamente a ella.

- Eh... ¿yo? - respondió dubitativa.

- Madre mía, ¿ Quién iba a ser si no? - la ironía le pilló desprevenida por completo, el tono de reproche era más que evidente.- Bueno, si tú decides no venir aquí, nosotros iremos allí, ¿verdad?

A esta pregunta fue casi mitigada por un sonido raro procedente de la misma habitación.
Entonces la pared que separaba la sala de espera y el propio despacho comenzó a arrugarse, como una sábana, y lentamente se plegó a un lado, como un telón para dar lugar a una obra. Y aquello no difería mucho de una función. El hombre, tirando de una cuerda a mano derecha que estaba directamente conectada a una serie de engranajes que eran los responsables de haber doblado la pared, la ató a una argolla a sus pies, y se alisó con las manos el traje gris que portaba. Ella, paralizada y puesta aún de cuclillas sobre el sillón marrón, pudo ver cómo de su bolsillo del pecho sobresalía notablemente un reloj de arena de madera y cristal azulado, o verde... tal vez fuese morado, pero tenía una extraña particularidad: la arena ascendía y se posaba sobre el techo mismo del reloj, acumulándose en un montoncito.
No pudo evitar hacer un comentario al respecto.

- Su reloj funciona del revés- dijo señalándolo con un dedo.

- Quizás seamos nosotros los que estemos invertidos.

Tal respuesta no admitía objeción alguna, por lo que se vio obligada a cerrar la boca. Se fijó entonces en la habitación que había estado tapada hasta ese momento por aquella aparente pared de papel, aunque se sintió notoriamente decepcionada: era parcial o casi totalmente igual a la suya. Lo único que las diferenciaban era que tenía un foco más potente de luz y en la mitad, iluminada a su vez por un flexo que reposaba sobre ella, una mesa con un taburete, todo ello dotado de unas enormes ruedas plateadas. El hombre cogió entonces ambas cosas y las empujó hacia el sillón. La joven se tapó la cara con las manos, pensando que chocarían contra ella, pero pasaron justo rozándola y se encontraron con la pared, haciéndola temblar junto con el techo, del que se desprendió un enorme trozo de escayola.
El hombre no pareció darse por enterado, y se sentó sobre el taburete que había quedado justo a su lado, de forma que la mesa no actuaba de barrera entre los dos, hecho que le hizo sentirse algo cohibida.

- Bien, creo que podemos comenzar ya la entrevista.

- Ehm.. sí. - no sabía qué decir en aquella disparatada situación, que le había tomado totalmente por sorpresa.

- Acércame entonces tu currículum. Rápido.

Ella recordaba perfectamente haberle dado todos sus documentos a la secretaria, pero nadie se había acercado al despacho. "Tal vez se lo haya mandado por fax" pensó. Los ojos del hombre miraban directamente a la mesa, que estaba fuera de su alcance, así que se levantó y abrió el único cajón que había. De él salió, como un rayo, el ratón que había visto momentos antes, que fue a refugiarse velozmente en la manga del hombre, ascendiendo hasta su cuello y posándose en su hombro.

-  ¡Oh! Pero si estás aquí.- dijo él de nuevo, y le dio unas migas de pan que sacó de su bolsillo. Después posó de nuevo su vista en ella.- He dicho rápido - le reprochó.

Dentro del cajón había una carpeta enorme llena de folios aparentemente desordenados a más no poder y, en su portada, podía leerse en letras mayúsculas con una pésima caligrafía: "SU CURRÍCULUM". La cogió y advirtió al instante que pesaba bastante. Se la pasó al señor y volvió a sentarse en su asiento.

- Bien, bien, bien... - metió la mano en la carpeta y arrancó unos cuantos folios, dejando caer el resto, que se precipitó con un sonido grave y desperdigó sus hojas por todo el suelo. Estaban en blanco. Ella, asombrada, miró las que tenía en la mano pero, sorprendentemente, estas sí estaban escritas ( con la misma letra torpe y descuidada que la portada)- Comencemos. Las reglas son sencillas: yo te hago preguntas y tú respondes sí o no. ¿ De acuerdo?

- Ehm... sí.

- ¿ Te puedo tutear?

- Claro.

- ¡No! ¡No! ¡ Está mal! - mientras gritaba, el poco pelo que tenía sobre su cabeza cogió un tono anaranjado y la calva le brillaba de forma poco natural- Las reglas son claras y concisas: Sí o no. De igual manera, ya no tiene importancia... al único que trato de usted es al señor Sagu. ¿Verdad, Sr.Sa? - El ratón, desde su hombro, emitió un chillido de aprobación mientras asentía con la cabeza y se rascaba uno de sus rojos ojos con las patas delanteras.- Pues bien, volviendo a ti, ¿Me puedes decir cómo te llamas?

Lo último que pretendía era seguir enfadando al que podría ser su futuro jefe, así que se tomó un tiempo para responder. No podía decirle su nombre, debido a que se saldría de las reglas de aquel interrogatorio, pero tampoco podía negarse rotundamente a hacerlo, porque sería de lo más descortés. Después de unos segundos de meditación, dispuso decantarse por la segunda opción.

- No - resolvió tímidamente, esperando algún tipo de reproche por parte de su entrevistador.

- No... qué nombre más peculiar y, sin embargo, el último becario también tenía el mismo nombre, ¿ Verdad, Sr.Sa? Extraño, verdaderamente extraño... - El ratón parecía estar sonriendo, mientras la examinaba de arriba a bajo; aparentemente se lo estaba pasando muy bien.

Ella se negó totalmente la posibilidad de corregir el malentendido con su nombre o de preguntar por el paradero actual del anterior becario, ¿ qué habría sido de él, lo habrían despedido? No era un gran momento para consultarlo.

- Y dime, No, ¿ Cuál es tu color favorito? ¿Quizás el azul? - Se señaló la cabeza, haciendo referencia a su pelo.

- Sí.

- Bien, bien, bien... - sacó una pluma de su bolsillo y se la pasó al tal Sagu, que bajó a su regazo y comenzó a escribir en el papel. Eso explicaba aquella mala letra- En ese caso quizás tengamos que ponerlo a buen recaudo, ¿no? - soltó una carcajada- ¿ Sueles robar? - no le dejó tiempo para responder - Tal vez te roben a ti... ¿ Has pasado la varicela?

- Sí.

- Pero eso no es lo más importante - titubeó- ciertamente, no tengo ni la más remota idea de qué es lo más importante.- se quedó mirando al techo fijamente, como una estatua, esperando una oleada de inspiración que tardó varios minutos en llegar.- Oh ya, ¡Ya lo sé! Era la pregunta que llevo buscando todo este tiempo: ¿ Quieres el puesto?

Tras aquel singular episodio, no estaba muy segura. Tenía muchísimas dudas aún sin responder y el señor estaba ahora aparentemente más calmado.

- ¿ Un puesto para qué? - se aventuró a formular.

- Para ser becaria en nuestro banco, claro está. - la pregunta le parecía haber resultado simpática, por lo que volvió a reírse- Harás, en un resumen, el trabajo que nadie quiere hacer, lo que viene a ser, en otro resumen, todo el trabajo.- se había olvidado de la regla fundamental de la entrevista, lo que le dio pie a hablar.

- Creo que no lo comprendo. ¿No tenéis entonces trabajador alguno en vuestro banco?

- ¡ Claro que lo tenemos! Qué idea tan disparatada... pero no quieren esforzarse lo más mínimo. Siempre empiezan con muchas ganas pero después, en cuanto se cansan, se dedican a la nada.

- Será " Se dedican a no hacer nada".

- No, no. Creo que tienes una confusión de conceptos morrocotuda, chica. Ellos deciden cuidar la nada. Y claro, no hacen nada. Nadie trata de robarla porque no hay nada que robar, es lógico. Es más, no podría ser más lógico. Es lo más lógico que existe, ¿verdad?

- Si no tienen tarea, ¿ Por qué no son despedidos?

- ¡ Claro que tienen tarea! ¡Te la acabo de explicar! ¿ Acaso no hablo con claridad? - se había molestado.

- Sí, habla usted con la mayor claridad posible. Señor... - no sabía cuál era su nombre o su apellido.

- Puedes tutearme.

- Oh.

El ratón seguía rellenando de datos los folios sin parar y, cuando terminó, dio unos toques con la pluma sobre ellos para llamar su atención.


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