Para vosotros


Quizás sea ya tarde cuando leáis esto. Pero eso es lo que busco, que podáis leerlo cuando yo no sea ya capaz de ello. Hoy por la mañana, he ido al médico y éste me ha diagnosticado alzheimer. Siento no tener en este momento la valentía de afrontarlo y decíroslo. A pesar de eso, soy consciente de que con el tiempo se irá haciendo más evidente.
En esta breve epístola solo quiero mencionar a los que suponen lo más importante en mi vida, y cuando yo no esté capacitado para poder decíroslo, sepáis que os quiero y que siempre seguiré queriéndoos.

Al principio creo que será algo leve, olvidaré donde están las llaves, como ya me pasa muy a menudo, tendré que apuntarlo todo… sé que haréis lo posible por ayudarme y ralentizar el proceso en el que las luces de mi cabeza irán perdiendo fuerza y se apagarán lentamente.

Martín y Lauren, sois los mejores hijos que me ha podido dar la vida. Martín, espero que sigas estudiando tu carrera, creo que serás uno de los mejores abogados del mundo, nunca dejes de perseguir tus sueños y debes saber que confío plenamente en ti y nunca, nunca, me decepcionarías. Lauren, con ese precioso pelo azabache que me recuerda tanto a mi difunta madre; tu valentía y franqueza te abrirán muchas puertas en la vida, aún sabiendo que en el pasado yo puse muchas pegas a tus ideas, sigue revelándote contra la idealizada organización de nuestra sociedad y lucha para que este mundo sea mejor.

Carolina, aún hoy recuerdo el día que nos conocimos, y espero que este sea uno de los pocos recuerdos que perduren en mi mente por largo tiempo; aquella tarde en la fiesta de nuestro pueblo. Llevabas ese vestido azul pálido heredado de tu hermana, ¿recuerdas? Te quedaba grande y lo abrochabas por un lado con un broche que representaba un precioso pájaro de alas doradas. Todavía lloro hoy cuando lo veo reposar sobre tu mesilla de noche, justo antes de irme a dormir, al lado de nuestra foto de boda. Pero esta imagen es algo más triste, nuestras caras están entre la angustia y la felicidad, aquella misma noche partía para realizar el servicio militar. Las cartas que me enviaste, las cartas que yo te envié que nunca fueron recibidas…  El nacimiento de nuestros dos hijos (ambos llegaron sin previo aviso) y nuestra constancia para criarlos, para darle todo el amor que teníamos, para quererlos, como nosotros nos hemos querido y nos querremos eternamente. Y a día de hoy, cada vez que me ayudas a algo tan simple como ponerme los zapatos, puesto que yo soy ya incapaz, me dedicas una de esas sonrisas, con tus ojos verdes entrecerrados, esas arrugas que surcan tu cara, y sigues siendo igual de bella, una de esas sonrisas con las que me enamoraste y me sigues enamorando en cada momento. Cada madrugada que despierto y te encuentro a mi lado, más envejecida que hace sesenta años, pero igual de bonita… viva. Porque eso es lo que tú eres: una mujer viva, que inunda con felicidad todo cuanto posee, todo lo que la rodea. El viento, las olas del mar, un rayo de sol… todo parece sonreír al acariciar tu piel teñida de vejez y amor. Lo que siento al tocar con las yemas de mis dedos tus párpados, tu boca, sumergirme contigo en la orilla del mar... Te amo, y no se me ocurre otra forma de decírtelo, porque ya lo sabes, porque espero haberlo demostrado en todos estos años.
Siento que ya no puedo más, que mi cuerpo no podrá ya, con ochenta y dos años, con esta carga, y que vosotros, los que me rodeáis, lo pasaréis aún peor que yo. Lloro al pensar que en cualquier momento llegará el otoño en mi mente, y las hojas de su árbol irán secándose y cayendo lentamente, mientras tanto yo veré un paisaje marrón y amarillo, en el que podré sentirme a gusto. Pero mis seres queridos veréis solo una estación lluviosa y sombría, en la que la luz del sol no me iluminará. Y sufriréis por mí, lo sé, porque no os reconoceré, porque renegaré, mi cerebro irá dando pasos hacia atrás de forma agigantada; acabaré siendo solo un niño con el único consuelo de dormir eternamente.
Pero no quiero que lo olvidéis nunca. Habéis sido mi vida, y sin vosotros no hubiese sido el mismo; y volvería a vivirla cien veces y volvería a ser igual, porque esto es solo un pequeño obstáculo.

Martín, recuerda al hombre que te contaba cuentos justo antes de dormir; Lauren, rememora aquellos días en la playa en los que hacíamos castillos junto al mar y, por último, Carolina, recuerda al hombre con el que pasaste tu vida, con el que compartiste días y noches, buenos y malos momentos, al que hiciste reír y sentirse la persona más privilegiada del mundo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

,