Haszhia
Era pequeña y frágil, se sentó en el bosque una mañana a finales de invierno. Sólo hubo que esperar unos días para que las nevadas se convirtiesen en lluvia suave, y poco a poco sus raíces fueron penetrando en la tierra, tímidas al principio, esquivando las madrigueras. Más tarde se aferraron al terreno como fuente de vida, y de él bebió agua y sales.
Ella sin embargo miraba hacia arriba, hacia el sol que se movía día a día de este a oeste, perseguido por la luna en un ciclo eterno.
Su boca sabía a tierra, a arcilla amarga, y ella degustaba su sabor, que la hacía crecer cada vez más alto entre sus hermanas.
Pronto consiguió sobrepasarlas y sintió cómo la brisa la zarandeaba de un lado a otro sutilmente; sus ramas cortaban las nubes en láminas que le decían adiós en el horizonte.
Sin embargo, al cabo de los años en ese desierto de silencio y serenidad, algo perturbó su calma.
Sus hermanas caían a uno y otro lado, y con el tiempo lo que antes había sido un frondoso bosque se convirtió en cimientos y hormigón. Dejaron algunas en pie, las podía ver en la distancia: las más altas de ellas habían sobrevivido, su majestuosidad había ablandado los corazones de aquellos que destruyeron las que pudieron ser tan esplendorosas como las que rozaban el cielo.
Ahora su boca sabía a lodo, el agua ya no era pura, las nubes dejaron de verse bajo un velo de partículas que le impedían respirar. No sabía si merecía la pena seguir luchando cuando toda la belleza que la había rodeado había desaparecido por completo, así que simplemente un día, alicaída, se dejó morir.
Trataron de salvarla de todas las formas posibles: botánicos de todos los rincones trataron de evitar que expirase, pero fue imposible. Nadie entendía qué podía haber sucedido.
La decoraron con luces, su gracia natural se convirtió en artificialidad, hermosa también en sus múltiples diferencias.
Seguía siendo bella, pero era un cadáver.
La ciudad había crecido a su alrededor

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