Beretrice



Antes ni la conocía. Parecía haber estado entre las sombras, acechándome durante un tiempo, escuchando los comentarios que la gente me hacía, leyendo las cosas que yo misma leía a través de mi ordenador, libros o revistas. 
Vino un día y me hizo ponerme frente al espejo: lo que antes nunca me había importado se convertía en algo sucio, desagradable. Me palpé todo el cuerpo con las manos, y me daba vergüenza: todo ese cúmulo de carne, huesos y grasa, una especie de horrible materia que no me representaba, y que aún así lo hacía. Miré mi cara, con esos ojos pequeños y tristes, ese pelo indominable, esa nariz torcida, esas pecas que no querían terminar de serlo. 
Me susurró al oído que estaba gorda, que era fea, que daba asco.
La ignoré, miré hacia otro lado. 
Tenía una preciosa sonrisa y unos bonitos ojos verdes. Busqué apoyos en pequeñas virtudes corporales que antes veía, y dejé que pasase el tiempo. 
Como una anciana, me apoyaba en el bastón fundamental de mi autoestima: psicológicamente era una persona fuerte, extravertida, capaz de hacer y conseguir cualquier cosa.
Ella entonces retrocedió. Era pequeña y débil, volvió a esconderse en mi interior esperando el momento idóneo para volver a atacar, alimentándose poco a poco de mis angustias y miedos.
Y así sucedió que comencé a fallar.
Cosas que siempre habían tenido peso en mi vida, pero de las que yo no me preocupaba demasiado comenzaron a derrumbarse poco a poco. Suele suceder que no das importancia a ciertas cosas hasta que van mal o las pierdes... mala la economía del pensamiento.
Y fue así como Beretrice volvió a mi vida.
Volvió como una dama vestida de negro; había crecido, era más alta que yo. 
Se agachó y puso su cara frente a la mía, sonriendo: su aliento olía a rosas muertas. Intenté mantenerle la mirada durante un tiempo, acechante, esperando que se fuese al rincón donde había conseguido enviarla la última vez, pero sus ojos hablaban por ella: yo no tenía escapatoria.
Bajé la cabeza y ella me abrazó suavemente, prometiéndome que todo iba a ir bien. Me sentí inmovilizada, sus raíces penetraron hasta mi mismo corazón. Lloré en su hombro día y noche, me hice sangrar, me mordí, me juré a mí misma una y otra vez que daba asco, que vivir no tenía sentido, que levantarme de la cama cada mañana sólo derivaría en un nuevo infierno llamado día. 
Sonreí durante mucho tiempo, a mucha gente, mientras por dentro Beretrice acunaba mi alma mientras se reía de mi entre dientes. 

Creo que es la hora de la despedida, amiga. Sé que has llegado a donde nadie ha llegado jamás, que me conoces mejor que nadie. Sé que nunca dejarás de ser parte de mí. 
Pero también sé que puedes empequeñecer, que no puedes vivir sin ser alimentada y que, tarde o temprano, conseguiré enviarte al rincón del que provienes.
Y cuando vuelvas a atacarme de entre las sombras, estaré más preparada que hoy, pues ya te habré ganado una vez.

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