Avancemos hacia el fin, hacia el precipicio. Un suicidio sentimental, diría yo, en un mundo con reencarnación.
Y después observemos nuestro yo pasado, cómo caminaba y cómo se precipitaba en el vacío. Y reflexionemos cómo, tras morir, fuimos alguien tan nuevo y diferente que dudemos del yo presente.
Veamos cómo la vida fluye y se nos escapa entre los dedos, y gocemos del cosquilleo que provoca en nuestra mano, e ignoremos el agobio que supone que cada vez nos quede menos.
Tirémonos sin paracaídas a incontables vacíos y resucitemos de nuevo una y mil veces. Arrojándonos o tropezándonos, acabemos estampados contra el suelo de tal manera que sea físicamente imposible caer más bajo.


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