El coche paró en frente de la mansión. El taxista se bajó y abrió la puerta para que ella pudiese salir sin mojarse, con su pesada maleta de cuero. Él le cedió el paraguas y se volvió a meter rápidamente en el coche, yéndose a los pocos segundos.
Ahí se encontraba ella, mirando a través de la enorme verja de hierro, tras la que había un pequeño sendero. Un poco más allá, casi en la puerta principal, antes del porche, se hallaba un túnel de rejas forjado en hierro , lleno de rosales que en sus buenos tiempos la habían hecho sentir como una niña en un cuento de hadas. Pero todo aquello había pasado; ahora sin flores, las plantas eran únicamente una maraña de troncos que se retorcían al rededor de la estructura, sobresaliendo con sus púas.
Diluviaba, y el viento amenazaba con tirar una de las planchas que se habían puesto en el tejado para suplir la falta de tejas rotas que, seguramente, habrían caído en otra tormenta años atrás.
Deseó no estar allí en ese momento, y dudó un instante antes de abrir la gran verja, que rechinó al ser arrastrada. Cerrándola tras de sí, se apresuró a llegar rápidamente al porche mojándose lo menos posible, pero el paraguas se le voló a la mitad del camino y decidió que sería mejor ir a buscarlo en otro momento, e ir corriendo hasta resguardarse de la lluvia.
Cuando por fin llegó estaba calada, su abrigo de pana goteaba. Apoyó la maleta en el suelo, junto a la puerta. Se recogió la negra melena tras las orejas y sacó un pañuelo de tela para secarse la cara. Se planchó la ropa con las manos, haciendo que se crease un charco de agua bajo ella. Su corazón iba a estallar. Se quedó así paralizada, mirando a la puerta, dudando si llamar o no al timbre.
No fue necesario, unos pasos y ruidos se escucharon desde dentro. Finalmente, la puerta de madera se abrió ante ella.
Un mujer, con un metro y medio de altura y una cara surcada de arrugas la observó con ojos llorosos.
- ¿Dónde está mamá?
Nada perdura en el tiempo para siempre. Se lo repetía una y mil veces volviendo a recorrer aquellas habitaciones, a toda velocidad. Se lo repitió cuando la vio sobre la cama, pálida, con una expresión neutra en la cara. Se lo repitió mientras apretaba en su mano aquella última carta que ella le había mandado. Donde le informaba de su estado, de que no se preocupase, de que siguiese centrándose ante todo en su trabajo en la universidad, Se lo repitió cada vez que leía aquella despedida, aquel último adiós. Las lágrimas no podían parar de brotar de sus ojos. El día del funeral fue el peor de su vida. Su madre lo había sido todo para ella, le había ayudado, había conseguido que pudiese salir e irse a la ciudad, a hacer lo que realmente quería.
Ahí se encontraba ella, mirando a través de la enorme verja de hierro, tras la que había un pequeño sendero. Un poco más allá, casi en la puerta principal, antes del porche, se hallaba un túnel de rejas forjado en hierro , lleno de rosales que en sus buenos tiempos la habían hecho sentir como una niña en un cuento de hadas. Pero todo aquello había pasado; ahora sin flores, las plantas eran únicamente una maraña de troncos que se retorcían al rededor de la estructura, sobresaliendo con sus púas.
Diluviaba, y el viento amenazaba con tirar una de las planchas que se habían puesto en el tejado para suplir la falta de tejas rotas que, seguramente, habrían caído en otra tormenta años atrás.
Deseó no estar allí en ese momento, y dudó un instante antes de abrir la gran verja, que rechinó al ser arrastrada. Cerrándola tras de sí, se apresuró a llegar rápidamente al porche mojándose lo menos posible, pero el paraguas se le voló a la mitad del camino y decidió que sería mejor ir a buscarlo en otro momento, e ir corriendo hasta resguardarse de la lluvia.
Cuando por fin llegó estaba calada, su abrigo de pana goteaba. Apoyó la maleta en el suelo, junto a la puerta. Se recogió la negra melena tras las orejas y sacó un pañuelo de tela para secarse la cara. Se planchó la ropa con las manos, haciendo que se crease un charco de agua bajo ella. Su corazón iba a estallar. Se quedó así paralizada, mirando a la puerta, dudando si llamar o no al timbre.
No fue necesario, unos pasos y ruidos se escucharon desde dentro. Finalmente, la puerta de madera se abrió ante ella.
Un mujer, con un metro y medio de altura y una cara surcada de arrugas la observó con ojos llorosos.
- ¿Dónde está mamá?
Nada perdura en el tiempo para siempre. Se lo repetía una y mil veces volviendo a recorrer aquellas habitaciones, a toda velocidad. Se lo repitió cuando la vio sobre la cama, pálida, con una expresión neutra en la cara. Se lo repitió mientras apretaba en su mano aquella última carta que ella le había mandado. Donde le informaba de su estado, de que no se preocupase, de que siguiese centrándose ante todo en su trabajo en la universidad, Se lo repitió cada vez que leía aquella despedida, aquel último adiós. Las lágrimas no podían parar de brotar de sus ojos. El día del funeral fue el peor de su vida. Su madre lo había sido todo para ella, le había ayudado, había conseguido que pudiese salir e irse a la ciudad, a hacer lo que realmente quería.
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