Esto no es más que, simplemente, una carta a nadie en absoluto, un escrito dirigido a ninguna persona externa a la que se asienta en mi cabeza y, tumbada sobre un sofá rojo de tres plazas, come palomitas mientras observa qué sucede a mi alrededor, tocando los botones emocionales a los que llegan sus dedos, sin ningún plan ni razón aparente: ahora estás triste, ahora esta inasumible apatía, ahora quiero que tengas ganas de correr sin parar, hasta que tu asma te ahogue y te quedes en el suelo, moribunda, entre intentos de gritos de ayuda entrecortados.
Se volvió a ver tumbada sobre aquella cama, sola de nuevo, y sintió una profunda y desgarradora nostalgia. Como despertada de un sueño, tuvo que desperezarse antes de volver a ponerse en pie, y todas las extremidades le dolieron al volver a tener que sujetar su propio peso ellas solas, como si durante los últimos meses hubiese tenido algo el lo que apoyarse, un metafórico bastón que la había ayudado a soportar el peso de su conciencia. Al principio era duro, volver a descubrir todas aquellas dudas que le habían invadido y que retornaban ahora a ella como fantasmas del pasado, en forma de oscuros remolinos mentales, adentrándose en su cabeza.
No se dejó caer.
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