El circo
Los pasados gritos del público, las risas de los niños y el fuego de los malabarismos reflejados en sus ojos era lo que alimentaba aún a los cansados circenses.
A pesar de la decadencia que la carpa sufría últimamente.
El payaso había perdido uno de sus tirantes, y los zapatos comenzaban a quedarle pequeños, dejando que un voluminoso y mugriento dedo del pie le saliese por la suela, ya despegada.
La bailarina, a sus 74 años de edad, empezaba a perder la agilidad y la elasticidad de antaño, y había sufrido unas cuantas roturas de fibra en su última gira.
La cantante, que llevaba ya un tiempo con gripe, llevaba sus carraspeos y su ronquera consigo allá donde fuese, con una densa bufanda de lana gris y un tazón de leche caliente con miel en las manos del que nunca se desprendía.
La calvicie amenazaba el futuro de la mujer barbuda, que, ya en los últimos espectáculos, se pintaba las patillas con el negro del carbón de la leña que quemaba para calentar su caravana.
El malabarista se había clavado por accidente uno de sus cuchillos frente a los horrorizados gritos del público pero, por suerte, pudieron detener la hemorragia gracias a las vendas de la Momia, que, casualmente, había acudido a ver el espectáculo.
La muñeca articulada sufría por todo esto.
Era pequeña y débil, y desde su creación, había asistido a todas las funciones sin perderse una sola.
Por todo ello, era consciente del declive de aquel circo.
Los leones y tigres, canosos, dejaban de saltar por los aros y pasaban por debajo, rodeándolos. Los aplausos del público, cada vez menor, se teñían de pena y compasión.
Esto la entristecía, la entristecía muchísimo, tanto que un sábado de invierno comenzó a llorar sin parar.
La muñeca articulada no era de buena calidad.
La tinta con la que su cara había sido dibujada, con una preciosa estrella negra en el ojo, comenzó a correrse a medida que las lágrimas manchaban de oscuro su vestimenta de colores.
La sal se filtraba en sus articulaciones y entorpecía su movilidad, hasta que un buen día ya se fijaron por completo en extrañas posiciones. Sin embargo su llanto no cesó, siquiera cuando al recoger la ajada carpa, nadie se percató de su presencia y la dejaron tirada allí en medio del descampado y no pudo seguirlos porque sus piernas no le respondían.
Simplemente se quedó allí, tendida en el suelo, viendo el tiempo pasar, y la lluvia, el sol, y las tormentas... y la hierba creció a su alrededor, más tarde la cubrió casi por completo y, la siguiente vez que el espectáculo se instaló allí de nuevo, solo se distinguía entre la maleza un pequeño ojo verde de cristal. Un ojo del cual brotaban lágrimas.
Lágrimas por aquel circo.
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